No puedes quedarte en tu casa -le dijo su hijo, el escritor-. Van a llegar en cualquier momento a arrestarte. Tienes que esconderte. Tienes que pasar a la clandestinidad.

-¬ŅD√≥nde crees que debo esconderme, hijo?

El se√Īor Barclays estaba levemente nervioso, aunque intentaba disimularlo.

-Quédate acá hasta que tengamos un plan. Luego a la noche te buscamos un buen lugar para esconderte.

De pronto Barclays hijo recordó que el fotógrafo Tarantino tenía un apartamento en una playa cuarenta kilómetros al sur, llamada Punta Hermosa. Lo llamó enseguida. Le dijo:

-Mario, necesito pedirte un gran favor. ¬ŅEst√°s durmiendo en tu apartamento en la playa?

-No -dijo Tarantino-. Es invierno y me muero de frío. Estoy en casa de Susana de la Fuente.

-¬ŅPuedes prestarme tu apartamento dos o tres d√≠as? Despu√©s te explico de qu√© se trata. Es un asunto muy delicado.

-Con mucho gusto -dijo Tarantino-. Siempre que ma√Īana sigamos con las fotos que interrumpiste.

Esa noche, los Barclays, padre e hijo, salieron de la cochera subterr√°nea del hotel en la camioneta del hijo, se detuvieron en la casa de Susana de la Fuente, recogieron las llaves del apartamento del fot√≥grafo Tarantino y manejaron hasta Punta Hermosa, donde pasaron la noche tomando co√Īac.

-Pap√°, necesito preguntarte algo -dijo Barclays-. ¬ŅEres culpable?

-No, hijo. Soy inocente. No le he robado nada al Jockey Club. El almirante que me acusa es un hijo de puta.

Pero Barclays no supo si creerle a su padre.

-No vas a entregarte -le dijo-. Voy a hablar con mi abogado. Vamos a ganar este juicio. Vamos a ganarlo como sea. Cueste lo que cueste.

-Gracias, hijo. Gracias por estar de mi lado. Tu madre es una jodida. No me cree. Cree que soy un ladrón. Casi me ha botado de la casa.

-Nadie debe saber que estás acá. No hables por teléfono con ella ni con nadie, papá.

Los Barclays, padre e hijo, hab√≠an sido enemigos toda la vida, el padre deplorando los libros que public√≥ su hijo, el hijo maldiciendo los abusos que le infligi√≥ su padre, pero ahora las circunstancias aciagas los hab√≠an unido en una extra√Īa alianza: la de salvar el honor de la familia e impedir que don James Barclays fuese a la c√°rcel, acusado de ladr√≥n.

-No vas a pasar una sola noche en la cárcel, papá. Confía en mí. Confía en mi abogado.

-Por eso estoy acá, hijo. Tu hermano John me aconsejó que me pusiera en manos de tu abogado.

Al día siguiente, convocado por el escritor, llegó al escondrijo de Punta Hermosa el abogado de Barclays hijo, dispuesto a salvar de la cárcel a Barclays padre. Se llamaba Henry Gubbins. Era bajo, gordo y cabezón. Era brillante, culto y ambicioso. Era astuto, maléfico e inescrupuloso. Ganaba todos los juicios. Solía decir con delicioso cinismo:

-En este país la fuente del Derecho es el dinero.

Gubbins escuchó pacientemente el largo alegato de Barclays padre, recibió las carpetas con todos los documentos del caso, aprobó que don James siguiera escondido en Punta Hermosa, le aconsejó que no tratara de salir del país y sentenció:

-Esto se arregla f√°cilmente con cien mil dolaritos.

No dijo d√≥lares, dijo ‚Äúdolaritos‚ÄĚ.

Don James Barclays arque√≥ las cejas, sorprendido, frunci√≥ el ce√Īo y mir√≥ a su hijo, el escritor, quien, a su turno, le dijo a su amigo, el abogado:

-No hay problema, Henry. Cuenta con eso.

-Si queremos aceitar al juez y al fiscal y asegurarnos de levantar la captura y ganar el juicio, necesito la plata ahora mismo -dijo Gubbins.

Barclays padre no parecía dispuesto a pagar nada. Lo acusaban de haberse robado millones de dólares del Jockey Club, pero él sostenía que era inocente y quizás por eso no quería mostrarle dinero al abogado, no fuese a creer Gubbins que don James había desfalcado al Jockey Club.

En pocos minutos, Barclays hijo abri√≥ la aplicaci√≥n de su cuenta bancaria, introdujo los n√ļmeros de la cuenta de Gubbins y le transfiri√≥ cien mil d√≥lares:

-Ya tienes tus dolaritos, Henry.

-Gracias, hermanito. Quédate tranquilo que con este lubricante yo me encargo de aceitar bien a todos.

Antes de irse, Gubbins le dijo a don James Barclays:

-Usted no va a pasar una sola noche en la cárcel, le doy mi palabra. Y luego vamos a enjuiciar al nuevo presidente del Jockey, el almirante que le ha abierto el juicio, y lo vamos a meter preso a ese cabrón.

Gubbins se marchó caminando como si le pesara la cabeza, como si fuera a caérsele. Se metió en un auto negro, blindado, un chofer abriéndole la puerta. Se perdió en la espesa penumbra de la noche, al pie del mar Pacífico.

James Barclays pas√≥ dos semanas escondido en el apartamento de Punta Hermosa del fot√≥grafo Mario Tarantino. Barclays, su hijo, el escritor, reanud√≥ la sesi√≥n de fotos y volvi√≥ a quedar en calzoncillos, a sugerencia del afamado retratista. Todas las noches, el escritor manejaba hasta Punta Hermosa con comidas y bebidas para su padre: quesos, jamones, salm√≥n ahumado, algo de caviar, whisky y co√Īac, pero nada de dulces, pues don James alardeaba de ser tan macho que no com√≠a helados ni chocolates ni postres en general, pero beb√≠a caf√©, whisky y co√Īac como preso pol√≠tico reci√©n liberado.

-Pap√°, dime la verdad, ¬Ņno es tu firma la que est√° en todas las facturas sobrevaluadas del Jockey? ¬ŅNo es cierto que inflaste los montos al doble y al triple por cada compra o servicio, para quedarte con la diferencia?

-No, hijo. Créeme. Soy inocente. Es mi firma, claro, pero los montos eran los correctos, no estaban inflados.

-El presidente del Jockey dice que transferiste ese dinero a una cuenta en un paraíso fiscal.

-Sí, sí, dice que tengo una cuenta en las islas Vírgenes Británicas. Esa cuenta ya no existe, hijo. La tuve un tiempo, pero la cerré.

-Si te llevaste un dinero del Jockey, no te voy a juzgar, pap√°. Pero necesito saber la verdad.

-No me rob√© nada, hijo. Soy inocente. S√≠rveme m√°s co√Īac, por favor.

Unos días después, el abogado Gubbins, tras cohechar al juez, le dio una buena noticia a Barclays:

-En cualquier momento levantan la orden de captura. Dile a tu viejo que se quede tranquilo. He repartido m√°s aceite que grifo de carretera. Todos bien lubricados, mi estimado.

-Gracias, querido Henry. Eres el mejor de todos.

Una noche en Punta Hermosa, los Barclays, padre e hijo, salieron a caminar por la playa, bien abrigados, don James fumando un cigarrillo, alcoholizados ambos.

-Hijo, te debo unas disculpas -dijo de pronto don James.

-No me debes nada, pap√°.

El rumor del mar danzando su extra√Īa danza infinita, las olas lamiendo l√°nguidamente la orilla pedregosa, el viento h√ļmedo y helado, la sensaci√≥n de estar a solas, escondidos, en la clandestinidad: todo induc√≠a a deponer las hostilidades, firmar un armisticio e intentar ser amigos, o cuando menos aliados.

-Te he hecho la vida imposible -dijo don James Barclays-. He sido muy estricto contigo. Te pido perdón por eso.

-No pasa nada, pap√°. No hay rencores.

Pero claro que había rencores, y allí estaban los libros de Barclays, un minucioso inventario de esos rencores contra su padre, contra su familia, contra su país.

-Te felicito, hijo, porque, a tu manera, eres un ganador. Ya no puedo seguir jodiéndote la vida. Has ganado. Reconozco que has ganado.

-No he ganado nada, pap√°. Todo es una impostura.

-Dame un abrazo, hijo.

Padre e hijo se abrazaron brevemente, a orillas del mar.

-¬ŅMe perdonas, hijo?

-No perdono nada, pap√°. Hay cosas que no se olvidan. Pero te quiero. Por eso estoy ac√°.

Días después, el abogado Gubbins cumplió sus promesas: el juez cohechado dejó sin efecto la orden de captura, don James Barclays regresó a su casa y la justicia lo declaró inocente de todos los cargos.

A√Īos m√°s tarde, padre e hijo volvieron a abrazarse, esta vez en una cl√≠nica, en la v√≠spera de que Barclays padre muriese de c√°ncer.

-¬ŅNo hay rencores? -pregunt√≥ Barclays padre.

-No hay rencores -respondió Barclays hijo.

Luego don James le dijo:

-Acércate, quiero decirte algo al oído.

Barclays, el escritor, pens√≥ que su padre le dir√≠a algo sentimental, un √ļltimo consejo, el sentido profundo de la vida. No fue as√≠. Le entreg√≥ una llave peque√Īa de una caja de seguridad de un banco. Le dijo que all√≠ estaban todos los datos de una cuenta bancaria en Suiza. Le dijo que el √ļnico beneficiario era √©l, Barclays, su hijo mayor, el escritor, su enemigo de toda la vida.

-Es la plata del Jockey -dijo Barclays padre-. Que no se entere tu madre, por favor.

Barclays padre muri√≥ esa noche, de madrugada, confortado por los auxilios de su esposa y de un cura llevado por ella.  Al d√≠a siguiente de los funerales, Barclays hijo viaj√≥ a Zurich.

-Me han invitado a un congreso literario -mintió.

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