dos manos de un mismo cuerpo, dos modos casi idénticos de llegar, de hacer.

Empecemos hablando del uso excesivo del término fascismo característico de los ambientes políticos de izquierda en los que se cultiva por largo tiempo la idea errónea de que Latinoamérica fue «la guarida del fascismo en sus formas más abiertamente contrarrevolucionarias y dictatoriales». Este uso polémico, genérico y superficial de la palabra, por la imprecisión, el escaso rigor científico y el riesgo de graves errores de interpretación, ha sido denunciado por varios investigadores del fenómeno fascista, como son Gilbert Allardyce, Stanley Payne y Emilio Gentile3.

Cabe preguntarse de dónde se origina esta vaguedad o incertidumbre semántica alrededor de un fenómeno político fundamental del siglo XX y lo que va del XXI.

En este ensayo se investigará una de las causas originarias (no la única, pero sin duda importante) en un «juego de ilusiones» entre las manifestaciones latinoamericanas del fascismo y la Italia fascista.

Naturalmente, para cualquier observador atento, en América Latina resultan de inmediato evidentes las diferencias con respecto al fascismo europeo, si de «fascismo» se puede hablar. Aquí no hay movimientos de masas impulsados por la clase media, líderes mesiánicos, «religiones políticas» o ideologías palingenésicas y poderosos partidos únicos, tampoco se percibe esa difusa atmósfera intelectual voluntarista, vanguardista, soreliana y nietzcheana atizada por los mitos de la guerra mundial, que constituye la base reactiva para la formación de la flosofía política del fascismo. Stanley Payne señala al respecto que «la fragilidad o bien la ausencia de un fascismo verdadero en América Latina» se debe a

«la tasa generalmente baja de movilización política; un retraso más que generacional respecto a los países más atrasados de Europa; el carácter no competitivo del nacionalismo […]; el control tradicional elitista-patronal de los procedimientos políticos y por lo tanto, la capacidad de los grupos dominantes y menos radicales […] para reprimir el nacionalismo revolucionario; la composición multirracial de muchas asociaciones latinoamericanas […]; el predominio político de la casta militar […] la debilidad de la izquierda revolucionaria […]; la tendencia de los nacionalistas latinoamericanos después de 1930 a rechazar tanto a Europa como a Norteamérica y orientados bien al nativismo populista o bien a la tradición hispánica; la insuficiencia de la economía social-nacional sindicalista del Estado en países dependientes […]; el desarrollo, en fn, de un modo característico de nacionalismo radical en la forma de movimientos populistas […]»4.

En América Latina, sin embargo, existen también elementos comunes o fácilmente reconocibles para quienes están familiarizados con los «modelos» europeos: la crisis del liberalismo, la crítica a la democracia parlamentaria, el rechazo a las oligarquías tradicionales, los impulsos a la modernización nacional, la oposición al imperialismo anglosajón (y la idea de un «nuevo orden» mundial con el liderazgo de potencias emergentes), la reacción contra el «peligro» comunista (más imaginario que real, o bien lejano geográficamente) y la búsqueda de un sistema de tipo corporativo. El repertorio de similitudes es, sin duda, suficiente para preguntarnos no solamente sobre la presencia y la extensión del fenómeno fascista -como señaló en su momento Hélgio Trinidade-5sino precisamente indagar sobre las características de las variantes regionales del mismo. A este «fascismo» no le pondremos calificativos específicos tales como el de «fascismo de izquierda» (Lipset, Incisa di Camerana)6 o «fascismo desde arriba» (Torcuato di Tella)7, nos limitaremos a describir algunas peculiaridades de las formas «fascistas» o cercanas al fascismo presentes en Latinoamérica, al dar por sentado que éste constituye una fenomenología de alcance mundial con una notable variabilidad regional. Lo que hace falta ahora es, en primer lugar, incorporar las tendencias más recientes de la investigación internacional sobre fascismo, que le han quitado centralidad a cuestiones tales como las clases sociales (fascismo=movilización o revolución de las clases medias), las peculiaridades nacionales (fascismo=revancha de países humillados o ambiciosos) y la oposición a las fuerzas de izquierda (fascismo=anticomunismo), o la relación con el modelo económico (fascismo=dictadura la burguesía o fascismo=corporativismo) y se enfocan más bien en la ideología, la cultura, la morfología institucional y la geopolítica8. En segundo lugar es preciso abordar el problema de la relación que existe entre todo fascismo y su modelo original, que es sin lugar a dudas el italiano.

Las investigaciones en Italia en realidad nunca habían perdido la conciencia de que el fascismo fuera esencialmente un producto «made in Italy», una perspectiva excesivamente limitada que en algunos casos (De Felice) dificultaba ver los caracteres fascistas presentes en otras experiencias extra-italianas, es decir, negar que el fascismo fuera un hecho de alcance mundial y epocal. El caveat para América Latina era obvio, puesto que aquí se observaban fenómenos parecidos con características en parte similares y en parte diferentes con respecto al modelo transatlántico, lo que creaba confusión. Por otro lado, existía también una línea de estudios que sin exagerar el alcance del «fascismo» como ideología o modelo político, destacaba la influencia del régimen de Benito Mussolini como ejemplo de Estado fuerte, autoritario y modernizador. Así se llegaban a ver errónea o superficialmente como un «éxito» de la dictadura italiana tanto la función de ésta como un modelo, así como el entrelace de contactos entre ésta y los regímenes latinoamericanos9. Este error se debe en gran medida a la falta de distinción entre la influencia política y geopolítica por un lado (que fueron menos consistentes de lo que se cree), y la influencia ideológica por el otro (aun más débil, más allá de las imitaciones superficiales y las sugestiones ocasionales y de toda forma, inferior a las expectativas)10.

La confusión de los ámbitos de influencias, por lo demás, está presente ya en la producción escrita de la época especialmente en España y América Latina, donde se leía el fascismo en sentido conservador y autoritario, perdiendo de vista o malinterpretando los aspectos revolucionarios, modernistas y progresivos de la ideología fascista11, lo que ha llevado a incluir apresuradamente el fascismo entre «las derechas»12. Cabe mencionar además el histerismo antifascista que se propaga en muchos países entre las organizaciones laborales y en círculos gubernamentales (en México), y alcanza niveles de alarmismo exorbitado a finales de la década de los años treinta y durante la Guerra, con las denuncias -en gran medida inverosímiles o francamente exageradas- de la presencia de una ubicua «quinta columna» fascista en todo el Continente13. El aspecto más sorprendente de esta falta de entendimiento o alteración perceptiva -como se la quiera llamar- alrededor de la presencia fascista en América Latina es quizás la confusión entre el verdadero fascismo (italiano) y sus imitaciones o formas homólogas latinoamericanas. Los dos países que quizás pueden ejemplificar mejor estas confusiones son México y Brasil: el primero, al desarrollar un régimen populista revolucionario de partido único con varias características en común con el fascismo (pero derivadas de un desarrollo autónomo) y el segundo, por ser la cuna del movimiento popular más próximo al fascismo de toda Latinoamérica. A estos dos casos nacionales le dedicaremos más espacio en nuestro recorrido por las formas y las manifestaciones políticas cercanas o paralelas al fascismo en la región.

El objetivo principal de este ensayo es mostrar a través de la profunda desilusión italiana por la escasa difusión ideológica y política del fascismo en Latinoamérica, el desencuentro con los movimientos, regímenes y figuras políticas e intelectuales que se decían fascistas o simpatizantes (o bien tenían esta reputación o parecían afines), para poner en evidencia cómo en gran parte de la región se experimentan trayectorias político-ideológicas peculiares que, al extinguirse abruptamente los fascismos «clásicos» europeos en 1945 (y al cambiar, en consecuencia, el clima ideológico mundial), se manifestarán más francamente en los modelos autóctonos de nacional-populismo. Desde la mirada italiana se llegará a descubrir finalmente el juego de espejismos y equivocaciones que contribuyó a originar la escasa o errónea comprensión de lo que ha sido (y es) el fascismo en la región14.  
 

Percepciones y Realidades

Para abordar el tema, podríamos comenzar con señalar que el fascismo, a diferencia del comunismo, no es una ideología con vocación internacional. O mejor, lo es solamente en la medida en que los objetivos nacionales se conjugan con las tareas de elevar el estatus de la «Civilización» (occidental) y con la lucha contra los enemigos de ésta (bolchevismo, liberalismo, individualismo, cosmopolitismo) y, en general, contra la «decadencia» (que es un concepto axial para todos los fascismos). Cada fascismo expresa, en efecto, un impulso de su propia realidad nacional, surge -por así decirlo- de cada contexto con características peculiares y únicas, y sólo secundariamente se enlaza con la fenomenología ideológica y política mundial. Con estas salvedades sí se puede hablar de «internacionalismo fascista» (especialmente en los años veinte), y sí se pueden detectar intentos de buscar lazos y sinergias entre los movimientos fascistas internacionales y pregonar un «fascismo universal» (como lo hicieron los CAUR15 y algunos intelectuales italianos en la década de los años treinta). Sin embargo, todos los intentos de unir los esfuerzos de los movimientos y regímenes de tipo fascista se subordinan siempre al principio de los intereses nacionales. No existe -nunca ha existido en ninguna parte- algo así como una forma de solidaridad espontánea con consecuencias políticas, como la que existió entre los movimientos socialistas y comunistas mundiales y que favoreció la formación del Komintern en el período de entreguerras. Puede que esto, finalmente, fuera la debilidad fatal del fascismo.

Los observadores contemporáneos más atentos no se dejaron engañar, y expresaron juicios escépticos o negativos sobre el contenido «fascista» de las dictaduras latinoamericanas16. La influyente revista Critica Fascista en 1937 advierte a sus lectores que no hay que entusiasmarse por esas dictaduras y arriesgarse a hacer «de toda la hierba un solo haz»17. El conde Ciano (Ministro de Relaciones Exteriores y yerno de Mussolini) observó en ese mismo año que

«en todo el Continente hay una tendencia a considerar como «fascistas» a muchas medidas de carácter autoritario que son, en realidad, las acciones de las sólitas dictaduras militares o semimilitares características de esos Países […] para provecho personal […]. El «Fascismo», en realidad, todavía no es conocido en sus verdaderas fnalidades y en su esencia en el Continente americano. […] En general, cuando se habla de «fascismo» en Sudamérica se habla de esta o de aquella persona que tiene tendencias políticas de carácter fascista. Todos los demás hombres políticos ignoran casi completamente lo que son la teoría y la praxis fascista»18.

Los dictadores latinoamericanos, en efecto, no se ajustaban al perfil de Mussolini. Aunque estos hombres admiraran al Duce y al fascismo, eran demasiado nacionalistas para reconocer deudas a un modelo extranjero o tolerar intromisiones políticas exter-nas19. Eran, sobre todo, demasiado conservadores para aceptar el componente socialista, populista y revolucionaria del fascismo. De éste tenían, como todo el mundo, una visión parcial y deformada. Por su lado, el régimen fascista no se inclinaba a aceptar por principio el carácter reaccionario de dictadores que eran la expresión de intereses castrenses, oligárquicos y personales, en lugar de ser la manifestación auténtica de las masas nacionales20. En la prensa fascista era frecuente que se dieran «lecciones» a los hombres fuertes latinoamericanos, para «impedir que unos simples reaccionarios o caudillos militares exageraran en atribuirse credenciales ilegítimas de fascismo»21.

Es cierto también que la percepción italiana de la realidad latinoamericana tenía sus limitaciones. Los fascistas italianos tan puntillosos en conceder el título de «fascista» a movimientos y regímenes extranjeros, especialmente si eran de tipo militar, personalista o conservador, no supieron reconocer los fenómenos paralelos (nacional-populismo) o francamente cercanos (fascismo «de izquierda», si aceptamos la expresión de Lipset e Incisa di Camerana) que se manifestaban en la lejanía de las tierras americanas. El fascismo italiano sí tenía un componente populista, pero el populismo como fenómeno político en sentido estricto y completo es en sí una forma política autónoma, es decir, igual que el fascismo es autónomo con respecto al nacionalismo o al socialismo (que son sus dos principales raíces históricas)22. Los fascistas italianos simplemente no supieron detectar el populismo. Además -por cuanto estuvieran dispuestos a reconocer formas políticas sui generis– no percibieron o rechazaron las formas más izquierdistas y peculiares de fascismo que también nacían, con la infuencia del modelo italiano pero respondiendo a una causalidad local diferente. La lucha para construir la nación, derribar las oligarquías decimonónicas y romper la dependencia de las potencias anglosajonas llevó en varios casos a la formación de movimientos y regímenes de tipo fascistizante (Brasil, México, Bolivia), que no fueron entendidos completamente por la Italia fascista, que los vio como algo exótico, distante y confuso.

A diferencia del socialismo, el anarquismo y el comunismo, que penetran «desde abajo» (en los sectores obreros y proletarios, especialmente los de ascendencia europea), el fascismo se introduce generalmente «desde arriba» y en el sector medio de la población (con la excepción de las colonias italianas, donde representa un factor de identidad nacional)59.

Las clases dirigentes ven en el fascismo un recetario para resolver los problemas nacionales y enlazarse con una ideología «de moda», con un futuro que parece entonces promisorio. La oferta de un modelo político modernizador (nacionalista, corporativo, movilizador, etc.) capaz de fortalecer las comunidades nacionales, consolidar los Estados, fortalecer el liderazgo autoritario y proponer, además, un cambio de equilibrios geopolíticos favorable tanto a las potencias emergentes como a las «periferias» dependientes resultaba obviamente atractiva y en sintonía con problemáticas generales y coyunturales (integración nacional, industrialización incipiente, crisis económica, imperialismo «plutocrático», rivalidades regionales, rezagos oligárquicos, debilidades institucionales). En esta perspectiva, el fascismo es buscado de manera pragmática y utilitarista para solucionar problemas específicos y encontrar una salida. Un interés, entonces, no por la ideología en sí, sino por los resultados positivos que se esperan del modelo de acuerdo con la lectura y reinterpretación que prevalece en la región. Las clases medias urbanas sienten también este atractivo y, además, -–respondiendo a un impulso similar al europeo- buscan en el fascismo un referente que encaja en la ambición de promoverse como nueva clase dominante, a costa de las viejas oligarquías liberales y evitando el peligro proletario y rural. Tanto el pragmatismo de la aproximación así como la escasa consistencia demográfica de las clases medias urbanas y de las élites intelectuales y castrenses más sensibles al llamado fascista ayudan a entender por qué la ideología fascista no logra en ningún lado establecerse como nuevo paradigma ideológico.

Sin embargo, justamente por esta penetración elitista en sectores-clave de cada país (intelligentsia, pequeña y mediana burguesía, ejército), el fascismo tiene un impacto político más visible y más consistente, y es capaz de ocasionar el alarmismo norteamericano. Carleton Beals manifesta estos temores -que son bastante comunes en Estados Unidos durante esa época- en 1938:

«En general, en la América hispánica los esfuerzos diplomáticos, económicos y políticos soviéticos ha terminado casi siempre en un fracaso. La tendencia de la mayoría de los países es francamente fascista y pro-nazi. Los varios regímenes dictatoriales expresan todos abierta o secretamente simpatía por Hitler y Mussolini. Todos están a favor de Franco, con la excepción de Costarrica, México y, en cierta medida, Colombia»60.

Naturalmente estas consideraciones expresan ante todo un clima de nerviosismo o histerismo prebélico que hace ver «fascismos» en todas partes, aunque se trate de meros inventos propagandistas, de imitaciones superficiales o de fenómenos francamente distintos. Estados Unidos además aprovecha hábilmente la «amenaza fascista» -exagerando el supuesto peligro mediante la propaganda- para promocionar su democracia, avanzar en la región y extender su hegemonía económica y política.

Lo que sí es cierto es la disponibilidad de las dictaduras a adoptar un ropaje «fascista» para darle alguna consistencia ideológica e icónica «de moda» a regímenes meramente personales y de orden (o castrenses), para darle brillo y legitimidad al ejercicio autocrático del poder. En Venezuela, Juan Vicente Gómez -un viejo dictador tradicional- coquetea con el fascismo y asume el talante de un «duce» bolivariano: los italianos naturalmente no muerden el anzuelo, pero aprovechan estos malabarismos imitativos para extender su influencia. En Cuba, Batista es tentado a inclinarse al fascismo, pero evita emulaciones demasiado francas para no enemistarse con Estados Unidos. En Guatemala, Ubico también le da un barniz «fascista» a su dictadura, para estar a la moda y proclamar la modernidad de su régimen. México es un caso aparte, pues sus gobernantes en sentido estricto no son dictadores, aquí se respetan formalmente los principios democráticos (constitución, legalidad, elecciones, alternancia de los mandatarios, etc.), pero hay una fuerte tendencia estructural hacia el fascismo, visible en el corporativismo oficial, el partido único, el nacionalismo y el talante cesarista de algunos presidentes, especialmente de Elías Calles y Cárdenas.

También Chile presenta una situación insólita. En este país el fascismo italiano despierta interés desde el comienzo, pero es a partir de 1927, con el ascenso al poder del coronel Carlos Ibáñez, que se pueden percibir infuencias concretas. Su régimen autoritario se inclina al control dirigido de la economía y a formas corporativas en el campo social inspiradas en el ejemplo italiano. Sin embargo, al carecer de una base ideológica y organizativa (es decir, no siendo un verdadero fascismo)61, se cae repentinamente a consecuencia de la crisis económica en 1931. La salida de Ibáñez propicia la formación (1932) de una nueva agrupación radical, el Movimiento Nacional Socialista (abreviado en «nacista» al estilo alemán) inspirado más en el nacionalsocialismo de Hitler que en el fascismo de Mussolini. Al no lograr aproximarse al poder este movimiento, liderado por el abogado Jorge González von Marées y con el soporte teórico de Carlos Keller, en la segunda mitad de la década de los treintas sufrirá una evolución errática hacia la izquierda, hasta acercarse a posiciones comunistas62.

En el área andina se observa el surgimiento de dictaduras efímeras de inspiración «fascista». Perú comienza un breve experimento fascistizante o seudo fascista en 1936 con la dictadura de Óscar Benavides, un militar que conoció personalmente a Mussolini durante su misión diplomática en Italia. Su primer ministro, José Riva Agüero, miembro de la vieja aristocracia, teoriza un corporativismo autoritario de tendencia católica y se convence de que el fascismo es una reedición moderna del corporativismo medieval, capaz de enfrentar el peligro socialista. Otro teórico importante es Raúl Ferrero Rebagliati, hijo de un italiano, quien se encuentra más cerca al modelo fascista de Mussolini63. A favor del fascismo se expresa también el director del periódico limeño El Comercio, Carlos Miró Quesada. A pesar de la presencia de estos intelectuales, el «fascismo» de la dictadura de Benavides es elitista, no tiene una base de apoyo entre las masas. Éstas son atraídas más bien por la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA -fundada en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre). El APRA, que está en la oposición, tiene también algunos rasgos vagamente fascistas: socialismo nacional (con elementos marxistas), anti-yanquismo, populismo, espíritu revolucionario que «parece sugerir una afnidad profunda con el fascismo de izquierda»64. Esta organización apunta a desarrollar «una forma de fascismo nacionalista para impedir la penetración económica extranjera y proteger la propia [burguesía] capitalista e industrial incipiente»65. Existe además un pequeño movimiento «fascista» popular, la Unión Revolucionaria, UR, fundada en 1931 por Juan Sánchez Cerro (presidente de Perú antes de Benavides), abiertamente inspirado en el fascismo italiano (en 1933 la UR forma una legión juvenil de «camisas negras»). En estos años Perú vive, por así decirlo, una situación paradójica, con un gobierno autoritario (Benavides) que busca darse un talante fascista y una oposición con fsonomías fascistizantes (APRA), que, sin embargo, se cualifica por una especie de «marxismo» nacionalista e indigenista. Las infuencias italianas, por lo demás, son perceptibles66.

Bolivia por su lado experimenta un acercamiento más serio al fascismo, debido a la coyuntura que vive el país con la derrota en la Guerra del Chaco (1932-1935). En la posguerra entre los bolivianos cunde un clima de insatisfacción similar al de Italia y de Alemania después de la Primera Guerra Mundial. La agitación de los excombatientes favorece la condensación de la protesta popular contra la oligarquía minera responsable de la derrota y sospechosa de servir a intereses internacionales. Además, las misiones militares italiana y alemana dejan una fuerte infuencia en el ejército (destaca la presencia de Ernst Röhm, jefe de las SA alemanas). En 1936 con el nombre de «revolución militar socialista» un golpe de estado lleva al poder una junta militar. El coronel David Toro primero, y el coronel Germán Busch después, buscan atraer a los sectores populares y fundar (sin lograrlo) un «partido socialista de Estado que se acerca parcialmente al fascismo»67. El cuadro ideológico del nuevo régimen es el socialismo nacional, con un talante fascista de izquierda, que se asemeja en algunos aspectos al modelo mexicano y parece anticipar el peronismo argentino. Busch mira con favor a Italia y Alemania y encarga la reorganización de las fuerzas de policía a una misión italiana68. Los observadores italianos se entusiasman con este joven militar y saludan la «nueva Bolivia […] primer estado totalitario de América»69. En 1938, en consecuencia de sus intentos de someter la oligarquía, Busch pierde el apoyo de una parte del ejército y, falto de apoyos, resuelve suicidarse. Le sucede un régimen militar conservador, pero el legado del socialismo nacional de Busch perdura en dos nuevos partidos: la Falange Socialista Boliviana, FSB y el Movimiento Nacional Revolucionario, MNR70.

Además de estos experimentos ambiguos y oscilantes entre militarismo, nacionalismo y socialismo, el fascismo italiano (en el sentido estricto y completo de la expresión) encuentra otras limitaciones en su difusión. Una de estas es la infuencia paralela que ejercen, desde 1933, el nacionalsocialismo alemán y el falangismo español. El primero se presenta en poco tiempo como una versión más eficiente de fascismo, como expresión política de un país industrial con mayor capacidad de penetración económica en la región y, por ende, un peso específico mucho más grande en las relaciones internacionales71. Cuando Italia proclamaba su imperialismo lírico-político, Alemania además de cultura e ideas ofrecía a las pragmáticas clases dirigentes latinoamericanas productos, mercados y asistencia técnica. El nacionalsocialismo tuvo infuencias en varios movimientos, como, por ejemplo, los camisas verdes brasileños y los camisas doradas mexicanos, cuyos uniformes recuerdan a las de los SA alemanes y tienden al antisemitismo. La bandera de la AIB -un Sigma negro en un círculo blanco sobre un fondo azul, es recalcada sobre la bandera nacionalsocialista. El segundo -desde que es fundada la Falange en España por José Antonio Primo de Rivera- pareció como la «versión hispánica» del fascismo: más católica, menos modernista y menos socialista que el original italiano. En tanto proyección de la España nacionalista en América Latina, el falangismo tenía posibilidades de expansión considerables por ser más cercano a las raíces históricas y culturales del continente72. La difusión de la falange fue notable y suscitó en su momento las preocupaciones norteamericanas en el ámbito del alarmismo quintacolumnista por la infuencia del Eje en América73. Otro obstáculo, en fn era el propio nacionalismo nativo, «un nacionalismo […] en algunos casos tan intransigente que ofusca la vista»74.  
 

Epílogo: el refugio de la latinidad

La ideología del fascismo italiano encontraba, entonces, tanto obstáculos como variantes o formas paralelas (nacional-populismo, fascismo «de izquierda», falangismo, nacionalsocialismo), que le hacían competencia en un contexto donde predominaba la búsqueda pragmática de referentes externos. No ayudaban las percepciones confusas o alteradas en los dos sentidos, tanto en Italia como en América Latina que al propagarse distorsionaban el mensaje originario. Los regímenes castrenses, por su lado, «crearon un ambiente hostil para la propagación del fascismo en una forma no adulterada»75.

Por lo demás, otro motivo fundamental de la búsqueda de una hegemonía italiana, inducía a lecturas superficiales. La «latinidad», un tema ya importante para el nacionalismo italiano, significaba el intento de extender hacia América Latina una primacía espiritual universal, que Roma reivindicaba como «madre» de la Civilización Latina76. Este objetivo -característico de una política exterior italiana que desde siempre se expresaba con lenguaje de los mitos-77 implicaba desvincular la mayor área «latina», es decir, América Latina, de las infuencias no-latinas (anglosajonas, eslavas y asiáticas) y sobreponerse por encima de las influencias «derivadas», es decir luso-hispanas. La latinidad se expresaba también como el refugio en la cultura de una política de expansión del fascismo italiano que encontraba límites y obstáculos formidables en otros campos.

La competencia de la latinidad con la cultura ibérica apuntaba a ofrecer, con Roma, una tradición alternativa de espiritualidad más densa de significados con respecto al mero lazo genealógico y lingüístico. Una tradición antigua pero viva, renovada por el fascismo y susceptible de desarrollo en el tiempo presente. La propuesta italiana de latinidad, en efecto, era caracterizada por la posibilidad de que «Roma» significara un arraigo tradicional de la modernidad y, por lo mismo, un brío progresista diferente (como alternativa «espiritual») al progresismo «plutocrático» y meramente materialista de Washington y Londres, y a la tradición sin modernidad de Madrid y Lisboa. Los grupos y tendencias «hispanistas» en América Latina, en efecto, tenían generalmente un fuerte matiz conservador y religioso, en consecuencia la hispanidad no se podía aprovechar en sentido modernizador78. Por otro lado, justamente por este motivo resultaba más próxima a las fuerzas oligárquicas, castrenses y conservadoras que predominaban en la región y que fueron atraídas después de 1936 por la España de Franco79. Frente a esta ventaja hispánica del lado conservador, Roma ostentaba las buenas relaciones del Régimen con la Iglesia, específicamente los Pactos Lateranenses de 1929 y, más tarde, la defensa del catolicismo contra la República española anticlerical y anticristiana. La latinidad en fn suponía un esquema para la integración nacional, una fórmula para salir de «la poco clara e indefnible consistencia étnica actual» y para superar «aquellas diferencias de clase que no deberían existir en Naciones en formación y que necesitan una igualdad individual y colectiva», apuntando, en cambio, -según el modelo fascista italiano- a «una entidad nacional toda armónica, propia, que sea fnalmente en la concepción y en la realidad de los hechos un País orgánico y formado, que pueda aportar algo a la comunidad de los pueblos civiles»80.

La latinidad, en pocas palabras, como estrategia cultural opuesta a la hispanidad conservadora y al panamericanismo económico, podría compensar las debilidades y las insuficiencias de la penetración económica y diplomática de Italia, y los resultados inciertos de la expansión política e ideológica del fascismo.

Aun la latinidad, sin embargo, tenía dificultad para imponerse. Tenía, en efecto, la debilidad de ser al fn y al cabo la expresión de un imperialismo europeo, por cuanto débil y distante fuera (y sin antecedentes históricos en la región). Esto suscitaba la desconfanza en países que buscaban la construcción y el fortalecimiento de sus identidades nacionales y la defensa de su soberanía. México, en particular, considerado «bastión de la latinidad» contra el mundo anglosajón, parecía preferir la búsqueda de sus raíces nacionales en las antiguas civilizaciones precolombinas en lugar de Roma81.

Con la Guerra de Etiopía (1935-1936) no faltarán los temores de un intervencionismo italiano en la región, apoyado en motivaciones culturales análogas -la «misión civilizadora» y la colonización «proletaria»- a las que había legitimado la fundación del imperio africano de Mussolini. La latinidad italiana, además, podía resultar incómoda porque relegaba la herencia ibérica a un papel secundario y desechaba las tradiciones indígenas como residuos primitivos y lastres para la civilización. La primacía de Roma, como mito unificador interétnico y panlatino significaba también Descartar los mitos alternativos de unidad continental mestiza nativa, como la «raza cósmica» de Vasconcelos o el «indoamericanismo» de Haya de la Torre y de Mariátegui82. Después de su estancia de tres años en Italia, José Carlos Mariátegui retoma las críticas al latinismo de Vasconcelos y concluye: «no somos latinos y no tenemos ningún parentesco con Roma»83.

El proyecto político-cultural de la latinidad era fundado, entonces, sobre bases precarias al no poseer un apoyo político suficiente, y era expuesto a competencia, hostilidad e incomprensiones. A partir de mediados de los años treinta, la latinidad, reducida a «un ideal que se está hundiendo paulatinamente»84, más no abandonado aún por la propaganda italiana, se enfrentará sobre todo al progreso de la idea panamericana, expresión de la creciente potencia geopolítica de Estados Unidos en América Latina.

Los resultados decepcionantes de la política cultural de la «latinidad», en fn, simbolizaban la insuficiente penetración del fascismo italiano (ideológica, política y geopolítica) y, finalmente, la imposibilidad de evaluar positivamente (desde un punto de vista fascista) los efectos de una influencia de cuatro lustros de penetración del modelo político italiano en la región. El desencuentro de la Italia fascista con los «fascismos» latinoamericanos tiene un dejo final de ironía, pues solamente después de que se cae el régimen de Mussolini (en 1943) un nuevo golpe militar en Argentina inicia un experimento político de tendencias fascistas, que dará lugar más tarde -al finalizar la Guerra Mundial- al «justicialismo» populista de Perón. México, por su lado, sigue su evolución nacional-populista autóctona y Brasil abandona definitivamente los experimentos fascistas para desarrollar también su forma peculiar de populismo. Por lo demás, las muchas ilusiones, espejismos y equivocaciones recíprocas de los fascistas italianos y de sus homólogos latinoamericanos dejan un legado de incertidumbre semántica e interpretativa que perdura hasta hoy.


Comentarios

* Este artículo es resultado del proyecto de investigación del autor titulado «Nación y nacionalismo», financiado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH, de México.

http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-16172009000100009

https://atomic-temporary-190010754.wpcomstaging.com/2021/05/30/fallecidos-en-cada-tipo-de-fascismo/