S. Freud no sólo fue un genio de la clínica, sino que fue también un magnífico escritor. Como sucede con la buena literatura, sus textos traspasaron las fronteras técnicas de la medicina y se convirtieron en un fenómeno cultural de primera magnitud, porque fulminaban la imagen que el hombre del siglo XIX tenía de sí mismo. Lejos de ser un ser racional, el ser humano fue concebido como un organismo gobernado por fuerzas instintivas inconscientes.

“Hacer consciente lo insconsciente” es el objetivo del método psicoanalítico. Éste fue el resultado del abandono de los métodos tradicionales de la sugestión hipnótica, por un lado. Y, por otro, de la introducción de las modificaciones necesarias en la situación terapéutica (la asociación libre, el diván, y el ocultamiento del analista) hasta lograr que las pacientes histéricas se sustrajeran del juicio crítico y llegaran a aceptar la realidad de sus vivencias o, en otras palabras, se hicieran conscientes de sus deseos sexuales inconscientes. Para Freud, el inconsciente siempre estaba sexualmente motivado, incluso en los niños.

Freud fue introduciendo la biografía del paciente en la comprensión de la enfermedad y fue elaborando una sofisticada teoría de la personalidad. La vida psíquica se concibió como un escenario formado por dos planos. En el plano inferior se situaron los instintos inconscientes “ello” que buscaban gratificación inmediata, mientras que en el plano superior se situaron los valores y las normas sociales interiorizadas “superyo”. Entre ambos planos, se situaba el yo observador o la conciencia, como una interfaz, cuya función era establecer compromisos entre la satisfacción de las necesidades emocionales básicas, por un lado, y las restricciones necesarias para no entrar en conflicto grave con las normas existentes, por otro. Cuando este compromiso fracasaba, se producía el síntoma neurótico. Para dar cuenta de los distintos síndromes psicopatológicos, Freud describió la existencia de mecanismos de defensa, tales como la represión, el desplazamiento, la identificación, la sublimación, etc. Para el psicoananalista, entrenado en la técnica de interpretación, era posible “ver” a través de los mecanismos de defensa cómo los personajes del inconsciente se reprimían, cambiaban de forma, se sublimaban, se desplazaban, se proyectaban, etc.

No es posible exagerar la importancia de la obra de Freud para la psicología clínica, porque en ella están definidos todos los fenómenos que configuran el área: la estructura, dinámica y desarrollo de la personalidad, el papel de las defensas en la génesis de la psicopatología, así como el papel de la resistencia en el proceso terapéutico y los fenómenos de la transferencia y la contratransferencia. No obstante, a diferencia de cualquier otra teoría médica o psicológica, el psicoanálisis generó sus propios canales de autoperpetuación, dando lugar a un movimiento en el que se seguían reglas estrictas de pertenencia así como una doctrina oficial. Entre los primeros seguidores figuraron psicoanalistas tales como Abraham, Adler, Fenichel, Ferenci, Jones, Jung, Rank y Reich, entre los más destacados. Todos ellos hicieron contribuciones notables y algunos de ellos, como Jung, Adler y Reich, abandonaron la ortodoxia oficial para crear sus propios sistemas psicodinámicos, que han contado con numerosos seguidores.

Con el ascenso del movimiento nazi, muchos psicoanalistas emigraron a Inglaterra o a Argentina, pero la mayoría emigró a EE.UU. Allí tuvieron que adaptarse a una realidad marcada por la depresión económica. En este contexto, tanto la técnica como la teoría psicoanalítica sufrió importantes alteraciones. Se cuestionó la visión del inconsciente sexualmente motivado y se otorgó mayor importancia a los conflictos interpersonales en la génesis de la personalidad y la psicopatología; también se modificó la duración del tratamiento que se hizo más breve, así como la situación analítica, en la que analista y analizado podían hablar cara a cara. Aunque todo encasillamiento de autores es discutible, se suele distinguir entre la “tradición neopsicoanalítica”, en la que se incluyen las aportaciones de autores tan relevantes como Fenichel, Ferenci, Horney, Rank, Sullivan y Fromm, y la “tradición analítica del yo” que incluye autores como M. Klein, Fairbairn, Winnicot, A. Freud, Eriksson, Hartmann, Rappaport y Guntrip. Estos últimos enfatizaban el papel del yo como una estructura separada de los instintos con capacidad para aprender y actuar. Concebían el desarrollo de la personalidad en términos de interiorización de experiencias psicosociales y entendían la psicopatología en términos de tareas del desarrollo no resueltas, así como patrones de relaciones interpersonales destructivos.

Por otro lado D Stern sugiere que no vale la pena analizar el pasado, sino únicamente aquello que entra en la conciencia en el presente, abriendo paso a la “psicología humanista”, que fue un movimiento que surgió en EE.UU durante los años 60 del pasado siglo y que aglutinó a autores como Allport, Murray, Bugental, G. Kelly, Murphy, Rogers, Maslow y May, entre los más destacados. Todas las teorías desarrolladas por estos autores coincidían en enfatizar la experiencia inmediata como fenómeno primario que ocurre en el aquí y ahora. Promovían una concepción global del ser humano, en la que el sentimiento, el pensamiento y la acción formaban un conjunto orgánico integrado. También subrayaban la importancia de principios axiológicos como la dignidad, la justicia y la libertad, a la hora de entender las motivaciones humanas. Además, se entendía que el ser humano poseía una tendencia básica hacia la autorealización que le impulsaba hacia el desarrollo y la diferenciación. A modo de ilustración de estos enfoques, mencionaremos brevemente la terapia de Rogers, que junto con la terapia Gestalt de Perls, han sido los enfoques más populares para trabajar en el nivel de la experiencia inmediata desde el punto de vista fenomenológico.

Y estaban los conductistas, con su planteamiento fundamental: toda conducta está controlada por sus consecuencias. Utilizando rigurosos procedimientos experimentales con palomas, este grupo mostró que si un tipo de respuesta (como apretar una palanca) se refuerza (con una bola de comida) en presencia de un estímulo discriminativo (como una luz roja), en el futuro este tipo de respuesta tendrá más probabilidad de ocurrir en presencia de ese estímulo. Entre la respuesta operante y el refuerzo se produce una relación de contingencia, de forma que si la respuesta se refuerza repetidamente tenderá a consolidarse, mientras que si no se refuerza tenderá a extinguirse. La manipulación intencionada de los refuerzos para fortalecer o disminuir conductas dio lugar a las “técnicas de manejo de contingencias”. Aunque se dio por supuesto que el refuerzo social (reconocimiento, halagos, etc.) tenía un valor universal, al igual que los reforzadores primarios o biológicos (comida, sexo, etc.), la identificación de los reforzadores eficaces en cada caso requería de una observación minuciosa de la conducta, lo cual dio lugar al análisis funcional de la conducta.

‘El progreso es parte de la naturaleza humana. Toda persona cifra en él esperanzas para una satisfacción de sus necesidades materiales y espirituales. Quiérase o no, imponer obstáculos a que los ciudadanos progresen económicamente es una fórmula deshumanizadora.

Tal método se ha usado históricamente para someter a grupos humanos. Porque la igualdad hacia abajo, en base a mínimas condiciones de vida, reduce a las mayorías a una gestión de sobrevivencia; desvía su atención de las causas profundas de los problemas y logra que muchos se acostumbren a vivir así. Es difícil que se planteen entonces transformar la realidad.’

Crisis económica y trauma psicosocial