‘De pronto parte de mis miedos se materializaron en un mulato fornido con solapen verde del área de inmigración: «¿Para qué van a España? ¿Qué van a estudiar? ¿Por qué tienen esa beca? ¿Dónde trabajan aquí? ¿De qué se graduaron? ¿Dónde están sus títulos?» –sus preguntas ríspidas le quitaron la luz a un túnel ya de por sí muy oscuro y casi insoportable para nosotros-.

La muchacha nos había explicado que por «orden de arriba» desde hacía unos días todos los pasaportes de viajeros primerizos debían chequearse. El funcionario preguntó de todo. Finalmente terminé abriendo las maletas para enseñarle mi título de Licenciado en Periodismo y Nayare le mostró los documentos probatorios de la beca.

–Ok, ¿ven que Cuba no es tan mala? –dijo irónicamente, como si él fuera Cuba, después de quedar satisfecho con el interrogatorio.

Cuando se fue, la muchacha nos explicó que nunca le había sucedido algo así. A nosotros obviamente tampoco, pero aquel interrogador preguntón de solapen verde parecía un repartidor de infartos con experiencia. Pobre de aquellos que no lo convenzan o que no le convengan.

El avión para mí era como un cohete de la NASA: filas de asientos con una pantalla cada uno, aeromozas españolas con buen trato, olor a nuevo y a limpio que solo sentimos los cubanos cuando estamos cerca del equipaje de un familiar recién llegado del extranjero.

El Airbus 350 ascendió rápido y me relajé. Como de Cuba no se sale hasta que se sale, guardé cierto recelo mientras estuve en tierra. No paraba de recordar la historia que tanto nos repetía un profesor en la universidad: lo bajaron del avión porque el ministro de las FAR no había autorizado su salida. Imaginaba a un funcionario gritando mi nombre en el pasillo porque el periódico Granma no podía navegar sin el concurso de mis modestos esfuerzos.

¿Quién leerá el periódico ahora?

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El viaje resultó agradable. No hubo turbulencias, vi una película, comí tres raciones de comida gracias a las complacientes azafatas y sobrevolar el Atlántico fue como La Habana y como Carpentier: real y maravilloso. ¿Qué habrá sentido el premio Cervantes en sus múltiples viajes a través del inmenso mar? ¿Acaso pensó lo mismo que yo sobre caer al lado del Titanic para crear una nueva efeméride en las escuelas cubanas?

A mi lado iba una pareja con un niño de unos dos años. Como todos los infantes a bordo, recibió una dieta especial. Los más de 20 años de edad que me separaban del pequeño se borraron cuando la aeromoza le trajo un puré de pollo con una compota «Osito».

Terminábamos de sobrevolar las Bahamas cuando vi al niño prendido a la cajita de pulpa de fruta que todos los cubanos conocemos. No sé si hambre o nostalgia impulsaron mi requisa. Recordé como mi madre meses atrás pagó a un bodeguero por unas compotas para mí -que aún soy «su niño»-. Ahora otro pequeño cubano resoplaba el sorbete dentro de la «Osito» a la altura de las nubes sin que sus padres contrabandearan nada.

Después de ingerir las pequeñas dosis que me correspondían, le pregunté a una azafata de mi pasillo si no había nada más. Ella le gritó muy alto a su compañero:

–¿Te sobró algo de comida?

–Sí, cómo no- respondió el sujeto.

–Es que este joven quiere más -y me señaló con el brazo.

En ese momento el tercer cubículo del avión sintonizó mi asiento como una antena de la NASA cuando recibe alguna señal extraterrestre. Cinco minutos después, pasta rara para Alfredo –coditos rellenos con algo verde–. No había terminado el bocadillo de postre cuando la amable española de hermosos 40 años preguntó:

–¿Te llenaste ya?

Sonreí y ella dijo con los ojos muy abiertos:

–¿Quieres más?

Levanté los hombros y agaché la cabeza. Segunda pasta rara para Alfredo. Al amanecer me vengué de la compota Osito: el desayuno de Evelop era con jugos La Estancia cubanos. Sabía que los volvería a tomar. Quizás mis coterráneos deban coger un avión para lograrlo, espero que no.

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