Por Carlos Esteban publicado en La Gaceta de Iberoamerica 12 de Mayo 2021

A poco más de los primeros cien días de la investidura de quien fuera vicepresidente del Nobel de la Paz Barack Obama, Israel y Hamás se dirigen hacia una “guerra a gran escala”, según el enviado especial de la ONU para Oriente Medio, Tor Wennesland, que pidió ayer el cese inmediato de los enfrentamientos ante la escalada bélica y la respuesta de Hamás frente a los ataques de Israel a un edificio de 12 pisos en Gaza donde se encontraban las oficinas del grupo islamista radical.

Este funesto estado de cosas llega después de que Biden llamara “asesino” al líder ruso Vladimir Putin en televisión, del patético desencuentro de la cumbre chino-estadounidense de Anchorage, donde los representantes del Imperio del Medio respondieron airados que Estados Unidos no tenía autoridad para sermonearles, y de que el revoltoso Kim Jong-un advirtiese a Washington que no se molestara en llamarle, porque no les iban a coger el teléfono. Si su antiguo jefe obtuvo el Nobel de la Paz como preludio a bombardear siete países, arrojando más bombas que en ningún momento desde la Guerra de Vietnam, imaginamos que a Biden tendrán que darle el premio dos veces.

Pero lo más llamativo es el contraste. No es que Trump no empezase ninguna guerrita imperial, que también, un logro sin igual desde la Administración Carter; es que logró que Pekín le respetase, que las dos Coreas firmaran al fin una paz que estaba esperando desde poco después de iniciarse la posguerra mundial y, sobre todo, el gran milagro: las bases para resolver el conflicto más intratable de nuestro tiempo, el que enfrenta a árabes e israelíes.

Se dice que en el panorama internacional, quien más, quien menos, todo el mundo tiene en el cajón un plan de paz para Oriente Medio y cualquiera que aspire a hacerse un nombre en la escena geopolítica sueña con lograr esta cuadratura del círculo. Pues bien, el ‘payaso’ Donald Trump logró lo que solo pocos años antes hubiera sonado a milagro; qué diablos, lo que sigue sonando a milagro: que los países árabes del Golfo, empezando por la gran potencia suní, Arabia Saudí, reestablecieran relaciones con Israel y estén ya a partir un piñón.

Comparen: el grupo islamista radical Hamás dice haber disparado en un día de fuego y furia más de 200 cohetes hacia Israel, en respuesta a los bombardeos llevados a cabo por ese país en las últimas horas en la Franja de Gaza, que han dejado, según denuncia las autoridades palestinas, al menos 32 muertos y centenares de heridos. El brazo armado de Hamás ha señalado en un comunicado que está “disparando 110 cohetes contra la metrópoli de Tel Aviv” y “cien cohetes” contra la ciudad de Beerseva, “en represalia por la reanudación de los bombardeos contra edificios en los que viven civiles”.

Hay que remontarse muchos años para recordar un recrudecimiento tan brutal de la violencia en Israel, y aunque el conflicto precede con mucho ambas administraciones norteamericanas y tiene por protagonistas a pueblos físicamente alejados, el papel de Washington como â€˜gendarme global’ permite juzgar su política exterior por la influencia que ejerce sobre esta región tan explosiva del planeta.

Cuando Trump dice que “con Biden, el mundo se está volviendo más violento e inestable”, puede entenderse como una bravata propia de la oposición al régimen, pero nadie puede negar que también es una realidad perfectamente comprobable.

Es una fantástica ironía de la propaganda global que políticos y periodistas de todo el mundo fingieran, al ser elegido Donald Trump, que el planeta estaba al borde de una guerra nuclear y que habíamos entrado en una situación más violenta e insegura. Lo que tuvimos, si aún queda memoria, fue lo más parecido a la paz que se ha vivido en mucho tiempo.

Por el contrario, muchos -incluyendo a eximios políticos españoles- expresaron públicamente su alivio con la victoria (?) de Biden en ese mismo sentido, sugiriendo que con él entrábamos en una etapa de paz y seguridad internacional. Absurdas retóricas aparte, la realidad se está imponiendo con una violencia que asusta. Y deberíamos asustarnos.