La sociedad actual, y sobre todo la occidental, rechaza la idea de implantar sus ideales a la fuerza y trata de utilizar todos los medios posibles para arrancar esta práctica de las maniobras de grupos organizados. Todas las instituciones humanas actuales, dejando de lado algunas excepciones, marcan a fuego en su frente el rechazo que sienten por la violencia y niegan cualquier conexión que exista con los agresivos.

Occidente y todos los Estados que se encuentran en su órbita difunden la idea de despojar el poder persuasivo que tienen los movimientos violentos para amoldar las leyes a su gusto. Siempre y desde la victoria del Imperio Romano en Eurasia han promulgado la idea de que son los que viven fuera de sus fronteras los violentos, los salvajes, los bárbaros; y ha dispersado el pensamiento de que dentro de sus límites esta no tiene ningún efecto sobre la diplomacia y el debate.

Pero ni en Roma ni en ningún país occidental actual la violencia ha dejado de funcionar, ya lo han demostrado varios ejemplos en los últimos meses. Sin alejarnos mucho del presente, las protestas que incendiaron los Estados Unidos y dejaron más de dos mil millones en daños y pérdidas administrativas ahora son veneradas y se han convertido en nominadas al premio Nobel de la Paz. La violencia cumplió con su cometido y fue premiada por ello. Tomando un poco más de distancia, hace unos años en España y en Francia el grupo terrorista ETA llevó adelante una guerra abierta contra ambos gobiernos dejando centenares de muertos y millones en daños y hace unos días uno de sus fundadores murió de viejo, no como los más de veinte niños a los que guerrilleros no les permitieron envejecer. La violencia cumplió con su cometido y fue premiada por ello. En Colombia, sucedió algo parecido, luego de años de terror, se les ha permitido a los participantes de la guerrilla volver a colocarse frente a las cámaras ahora como un partido político. La violencia cumplió con su cometido y fue premiada por ello. En Panamá, a finales de 2019 e inicios del 2020 las manifestaciones trajeron de vuelta el enfrentamiento callejero impune. La violencia cumplió con su cometido y fue premiada por ello.

Y es que el ejemplo más fresco de que aún hoy en día la violencia sigue funcionando como herramienta de manipulación de masas es lo sucedido el miércoles 7 de abril en Vallecas, un barrio obrero de Madrid. Las cargas de los supuestos antifascistas contra un mitin político integrado en su mayoría por personas mayores, niños y adolescentes han sido aplaudidas por el gobierno general y por los organizadores del evento. Lanzamientos de piedras, empujones, puñetazos e insultos han sido las gotas de la lluvia “democrática” que les cayó a los asistentes del evento en la plaza de Vallecas.

Lo más aterrador de este asunto es el aumento en la cantidad de la asistencia a este tipo de enfrentamientos, la facilidad con la que se estructuran y la deshumanización de las víctimas. Para los lobotomizados la sangre de sus semejantes es gasolina para sus ideales y son los violentos los que olvidan que estas acciones son las que causan fisuras en la unión nacional y llevan a un país hacia la deriva en el tormentoso océano de la confrontación civil.

Pero la ablepsia ideológica que tienen les impide ver más allá de sus narices. El ruido de los tambores de la guerra es la miel para las moscas que hoy lanzan adoquines y será la hiel que deberá tragar el pueblo que sufra las consecuencias de las acciones de los violentos.