no se te quitan al irte del país. Mucha gente que parte y trata de abrirse camino afuera, deja en la Isla familia, amigos, posesiones. En caso de que haya que regresar, también deben portarse bien durante el tiempo que están en el exterior. Hay que recordar los testimonios de varios artistas que tienen prohibido el retorno a la Isla, o que en una situación puntual, como la enfermedad de un familiar, han tenido que pasar por amenazas y entrevistas ilegales con extraños “funcionarios” cuyo objetivo es dejar en claro lo siguiente: te tenemos cogido por los huevos. Tan sólo por querer regresar a tu país. Costa adentro, muchos jóvenes y otros no tan jóvenes que han decidido no callar, que no han tenido miedo a mostrar la verdad y poner el cuerpo, encuentran semanalmente patrullas policiales a las puertas de sus hogares. Les impiden salir a la calle, se los llevan presos a largos interrogatorios, o simplemente los secuestran, así como si nada. Los días pasan, la vida sigue. Entre los problemas personales de cada cual, la lucha por conseguir el alimento y la desidia generalizada, se está normalizando y aceptando este tipo de violencia y terrorismo de Estado. Hoy es Karla. Mañana puede ser cualquier otro. Es muy triste y preocupante. El discurso estatal es claro: Cuba es nuestra, etcétera. Más allá de la incitación al odio, a la división (no hay que olvidar aquello de “Divide y vencerás”), es preocupante ese complejo endiosado, de “creador universal”, en el que viven nuestros gobernantes. Es como si, en una artimaña bien tramada, nos hubieran quitado la voz, el poder, nuestra luz interior, nuestra individualidad, para dar paso a una masa amorfa sin ningún derecho. Una masa amorfa que es movida para allá y para acá, maltratada y ultrajada sin que a nadie le importe. Si no les importamos ni a nuestros propios conciudadanos, ¿por qué alguien de afuera se tiene que preocupar por nosotros? No se me olvida la manera en que los trabajadores de ciertas aerolíneas extranjeras tratan a los viajeros cubanos. Es como si supieran que el cubano puede ser vapuleado, no se queja de nada, acepta callado. Si te cogen en la calle con tres galones de aceite de cocinar, puedes ir preso por diez días, hasta que se aclare todo. Si sales a la calle con una queja o una propuesta, puedes ser golpeado. Si un vecino te va arriba con un machete no hay quien te defienda, ya que la policía está para otra historia. La sensación de desamparo es total. Lo único que queda es rezar por no quedar varados en un aeropuerto o no pasar la noche en una mazmorra. Y así andamos, con la cabeza baja, doblando en la esquina, rezando, tratando de no poner el muerto. Nacer en este país trae consigo una serie de mochilas y maletines que debemos cargar. El peso se hace irresistible, pero así pasan los años y, con suerte, uno sale ileso. Todos hemos vivido algún tipo de ultraje o conocemos a alguien (un familiar, incluso) a quien le han jodido la vida. Los casos pasan a diario y parece que a nadie le importa. Somos una especie de pasajeros distintos; vamos de allá para acá como esa gente que uno ve por un segundo, en el aeropuerto, y luego no los vemos más. La vida es breve y la gente olvida. La cantidad de presos políticos que nadie recuerda. No sabemos ni siquiera sus nombres. La cantidad de gente que muere en el mar o en la selva tratando de llegar a la otra orilla. Me cuesta ver como siguen construyendo hoteles sin parar, día y noche, para los futuros viajeros. Total: la Isla va a estar aquí mismo en el año 2090; nosotros no. Las redes se llenan de informaciones raras, chistes, boberías, que tratan de llevar nuestra mirada hacia otro lado. Sin pan, pero con circo, nos mantienen entretenidos. Hay que estar atentos. No podemos olvidar a Karla. Ni a Karla ni a nadie. Ojo. Está en juego nuestra humanidad.

Por ‘MARLENE AZOR HERNÁNDEZ’ en comentarios a

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