Por Elizabeth Burgos

—fragmento—

…la identificación con Cristo y con la fe, así como con la dignidad y la virilidad constituyen una configuración no sólo de la defensa del yo, sino igualmente de la aceptación de la vida y la muerte como unidad indisociable. En el grupo de Plantados que entrevistamos, todos habían pasado más de veinte años, incluso treinta años en prisión: uno sólo entre ellos, «no cumplió sino 15 años» (sic).

Durante el largo período en prisión de opositores cubanos, aparece la figura del «plantado». Sobrevivientes de una lucha feroz se negaron a todo compromiso con las autoridades carcelarias. A la categoría de plantados se sumaron prisioneros de origen diverso: excombatientes campesinos, profesionales, estudiantes, etc., dando lugar a una solidaridad poco común entre personas de tan variado origen social y profesional.

Todos compartían la decisión de oponerse a los carceleros, empeñados en doblegarles la voluntad haciéndoles admitir el plan de rehabilitación que se les ofrecía, a cambio de mejoras de las condiciones carcelarias y de no ser sometidos a castigos físicos.


Sin poder recurrir a la justicia o a la opinión pública, el «plantado» sólo contaba con su propio cuerpo como único espacio de desafío y de resistencia. Infinitamente castigado, el cuerpo será el territorio por excelencia en donde se dará el enfrentamiento con el poder, a la vez que será el espacio estratégico desde donde se entablará una lucha en aras de salvaguardar la identidad.


Esto nos remite a una reflexión sobre:


■ La tradición de la violencia política y la presencia de la idea de la revolución en el panorama cubano, ya manifiestas con anterioridad a 1959, de manera que esta circunstancia constituiría, para algunos historiadores, el fermento sobre el que se asienta el período republicano del país.


■ La manera en la que esta tradición de violencia política irrumpió en el propio seno del sector revolucionario, desde la toma del poder por Fidel Castro en 1959. ¿Por qué individuos que participaron en la resistencia armada a la dictadura, y que, animados del mismo espíritu revolucionario, nuevamente se enfrentaron con las armas al régimen castrista para, finalmente, continuar su lucha en la prisión en una situación sin salida alguna, con las únicas armas de la ética?


■ Y, en último lugar, la naturaleza misma del «plantado», en tanto que resultado de la confrontación violenta entre dos visiones opuestas de la revolución, donde una de ellas resultó perdedora. Pero es también, y sobre todo, el resultado de un sistema carcelario que les fue impuesto desde el principio, construido sobre lo arbitrario, la venganza y una rara voluntad de humillación. Estos métodos coercitivos que intentaban hacerles admitir un modelo de sociedad considerado por ellos como inadecuado para el desarrollo del país, los colocaron en la categoría de inadaptados al sistema, de modo que la opción que les quedó fue la de entregarse a una doble operación a primera vista contradictoria. El uso del cuerpo como espacio de resistencia significaba también poner en peligro la propia integridad corporal, cuando la función del «yo-mismo» tiende más bien a la preservación de la «imagen del cuerpo», indispensable a la integridad del yo. Como si los «plantados», a través del sufrimiento del cuerpo que les infligían los carceleros, a veces llevado al límite de lo soportable (largas huelgas de hambre, golpizas y toda clase de agresiones), hubiesen encontrado el medio de resistir a la aniquilación del yo.


La prisión y el cuerpo como única arma contra la aniquilación:


Estos encarcelados fueron en su mayoría profundamente creyentes. Es legítimo asociar a ello —además de la defensa del honor, del orgullo y la lealtad a sus camaradas caídos— el resurgimiento de un simbolismo cristiano del sufrimiento del cuerpo, tal como los «plantados» lo practicaron. Para los cristianos, el cuerpo está hecho a la imagen de Dios; así, todo cuerpo es sagrado. Como en Cristo, es a través del dolor que se alcanza la resurrección. El cuerpo es, a la vez, fuente de dolor y de plenitud; la última se alcanza gracias al dolor sufrido.


Rápidamente, conocí en la prisión una importante modificación de la naturaleza de mi fe. Al principio, me aferré a Jesucristo, quizás por miedo a perder la vida porque podía ser fusilado. Pero esta forma de acercarme a Él, por humana que fuese, me pareció del mismo modo utilitaria, incompleta. Y poseído de dolor cuando veía a esos jóvenes con tanto coraje caminar al paredón gritando «¡Viva Cristo Rey!», comprendí en una súbita revelación que Cristo no estaba ahí solamente para que yo le suplicara que me salvara del fusilamiento, sino también, si ello llegase, para conferir a mi vida y a mi muerte un valor ético que les devolviese su dignidad. Sin embargo, desde 1963, los condenados a muerte descenderían amordazados a la ejecución. Nuestros verdugos tenían miedo de esos gritos. No podían tolerar una postrera exclamación viril de quienes iban a morir.

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