“…la mal llamada “vitamina” D, ni es una vitamina ni es solo una.

El término vitamina D procede de un error cometido a principios del siglo XX en Gales. Los médicos se dieron cuenta de que los niños que trabajaban en la mina padecían raquitismo, enfermedad que asociaron a la carencia de alguna vitamina. Por ello, la nombraron como la conocemos ahora. En 1920, el científico alemán Adolf Windaus descubrió que en realidad se trataba de una hormona.

Se trata de un sistema hormonal que juega un papel clave relacionado con la absorción intestinal del calcio o la homeostasis –la capacidad de mantener el equilibrio– ósea y muscular. Además, presenta funciones paracrinas –los efectos de una hormona sobre el funcionamiento de una célula o grupo celular adyacente– y autocrinas –sobre la célula que la produce–, lo que permite regular la proliferación y la diferenciación celulares.

Las más importantes formas bioquímicas de la hormona D son las vitaminas D3 (colecalciferol) y D2 (ergocalciferol), que provienen de la síntesis cutánea a través de la exposición solar y, en mucha menor medida, de la alimentación.

Tras ser obtenida por esas dos vías, la hormona D precisa una hidroxilación –un tipo de reacción química de oxidación– en el hígado, donde se convierte en 25(OH)D. Posteriormente, tiene lugar una segunda hidroxilación en el riñón, donde el compuesto se transforma en 1,25-dihidroxivitamina D o calcitriol, que es la biológicamente activa.

Sin embargo, al menos un 40% de la población española presenta niveles de 25(OH)D por debajo de los considerados normales –20 ng/ml–, un porcentaje que aumenta exponencialmente con la edad y con situaciones de riesgo.

El factor ambiental también juega un papel clave asociado al déficit de hormona D. Y, aunque España sea uno de los países que cuenta con más horas de sol de Europa, los niveles de 25(OH)D de los españoles están por debajo de los de otros europeos, como, por ejemplo, los escandinavos.

La solución, según José Luis Neyro, especialista en ginecología y obstetricia, es medir periódicamente la presencia de la hormona D en sangre y tomar suplementos en caso de detectarse déficit. A continuación, explicamos los principales problemas relacionados con los niveles bajos de este compuesto. n Osteoporosis. La posmenopausia es una etapa en la que muchas mujeres sufren una disminución paulatina de su masa ósea. “La hormona D ejecuta algunas acciones que son prácticamente exclusivas de ella, como la absorción del calcio del intestino. Cuando hay deficiencia de 25(OH)D, las glándulas paratiroideas liberan el calcio acumulado en el esqueleto y provocan que este pierda su resistencia, hasta llegar a fracturarse y dar lugar a la osteoporosis”, explica Neyro. n Vulnerabilidad a la covid-19. Otra función muy importante de esta hormona es su actividad inmunomoduladora. “Las personas que presentan déficits tienen más riesgo de sufrir alteraciones del sistema inmune, lo que merma su capacidad de defenderse ante agresiones externas, como las infecciones virales”, apunta Neyro. En este sentido, “se ha evidenciado que las personas con niveles séricos bajos que contraen covid-19 presentan más complicaciones graves y mayor porcentaje de mortalidad”, continúa el ginecólogo. Riesgo de cáncer. Recientemente, un estudio realizado por investigadores del Brigham and Women’s Hospital de Boston (EE.UU.), publicado en la revista científica JAMA Network Open, sugería que el aporte de suplementos de vitamina D3 en un ensayo con 25871 pacientes reducía el riesgo de desarrollar cáncer avanzado entre adultos sin un diagnóstico de esa enfermedad al inicio. “Ya se había demostrado que tener los niveles hormonales bajos estaba relacionado con el riesgo de muchos cánceres, concretamente con el de colon, pero también aumenta las posibilidades de contraer el de mama o el de próstata”, apunta Neyro. ■